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Chögyam Trungpa Rinpoche, consciente de los peligros pero también de las cualidades del alcohol, escribe sobre cómo utilizar alquímicamente esta sustancia, algo que sólo puede hacerse con cierta madurez y dominio de la atención

Chögyam Trungpa Rinpoche fue el maestro tibetano que primero trajo el budismo tántrico a Estados Unidos. Trungpa fundó una universidad (Naropa, en Colorado), fue maestro de importantes artistas y celebridades (entre ellos Allen Ginsberg) y, como quizás ningún maestro budista antes ni después, entendió la mentalidad occidental y acopló a ella las profundas enseñanzas del vajrayana (budismo tántrico). Trungpa dominó con sutileza el inglés, experimentó con la pintura, la poesía y los arreglos florales, se vistió como un elegante dandy (generalmente de traje) e incorporó algunos de los hábitos de la sociedad occidental -como fumar y beber alcohol. Aunque esto ha sido sumamente controversial, sus alumnos -algunos de los cuales son destacados maestros budistas actualmente, como Pema Chödrön- mantienen que todo eso fue sólo un medio hábil para poder vincularse de manera más íntima con ellos, para establecer un puente comunicativo entre la mente sublime de un maestro realizado y jóvenes estadounidenses confundidos por el materialismo espiritual y los fatuos sueños de una estéril revolución psicodélica.

El texto que presentamos a continuación aparece como el décimo capítulo del libro The Heart of the Buddha: Entering the Tibetan Buddhist Path. Hay que precisar que este texto contiene una gran sutileza y está lleno de ironía, por lo cual debe leerse con cuidado, no tomarse literal, y reflexionar en torno a él. Trungpa escribió esto hace unos 40 años; sin duda, los hábitos han cambiado. Los millennials, por ejemplo, al parecer beben menos y tienen también menos sexo. El alcohol como lubricante social quizás ya no tiene el mismo protagonismo -hoy se utilizan las redes sociales para crear esta primera apertura. En Estados Unidos, los jóvenes parecen preferir fumar marihuana a beber alcohol (beber alcohol es más peligroso para la salud, y provoca muchas más muertes) (pero, paradójicamente, las personas que beben alcohol viven más en promedio que las que no beben nada de alcohol). Por otro lado, el alcohol ha sido utilizado por innumerables culturas dentro de un contexto ritual o festivo, y ha sido laudado y exaltado por grandes artistas, místicos y demás. El alquimista y erudito mallorquín Raimundo Lulio, una de las mentes más brillantes del período prerrenacentista europeo, consideró que el alcohol (aqua-ardens) era la quintaesencia. Lulio fue uno de los primeros en destilar alcohol, extrayéndolo del vino. En la alquimia y en la medicina el alcohol jugaría un papel importante, al fijar una esencia o "capturar un espíritu"; y en la alquimia, el término "alcohol" llegó a significar "espíritu rectificado". Luego conoceríamos popularmente a las bebidas destiladas como "espíritus". Otra etimología, quizás la más aceptada, mantiene que viene del árabe "kohl", un polvo metálico utilizado como delineador de los ojos. Otros trazan la etimología al árabe "al-ḡawl": "efecto maligno", "espíritu" o "demonio"; de aquí viene la palabra inglesa "ghoul", que significa genio, demonio o espíritu. El alcohol parece oscilar en esta fina balanza entre el veneno y la medicina, entre lo diabólico y lo divino.

Trungpa escribe desde la perspectiva del budismo tántrico. Para los tibetanos la perspectiva tántrica es una visión sublime de la realidad que requiere de una enorme madurez espiritual, especialmente porque se basa en la trascendencia de la dicotomía bueno-malo, sujeto-objeto. No renuncia al mundo ni se protege de las cosas que pueden afligir a la mente inmadura; va más allá la dualidad de utilizar antídotos para contrarrestar efectos negativos -con esto se acerca a la alquimia y a la homeopatía. ¿Es bueno o malo el alcohol? Evidentemente, ni uno ni otro -depende de cómo se use, y, sobre todo, depende de la persona que bebe y de su estado de conciencia y entendimiento. Beber puede ser también una forma de practicar (dentro de una tradición espiritual o contemplativa), pero se requiere hacerlo con una clara intención y con una insoslayable atención. Esto requiere una gran madurez, según Trungpa, ya que el alcohol produce una mezcla de jovialidad expansiva y depresión, y para mantenerse atento y ecuánime hay que atender a las dos y no aferrarse sólo a una. Asimismo, es muy común que algunas personas crean, engañados por su ego, que su estado de conciencia es similar al de un maestro tántrico y entonces tendrán licencia de usar cualquier sustancia argumentando que todo tiene un mismo sabor no-dual, que toda experiencia es igualmente sagrada y que están más allá de toda dicotomía. Sobra decir que la gran mayoría de las personas, de hacer esto, estarían viviendo una delirante fantasía. Es necesario tener cierta humildad y no perseguir el placer y huir del dolor para poder beber conscientemente. Trungpa, quien demuestra un gran entendimiento de los efectos y engaños del alcohol (y de la psicología del bebedor), parece decirnos que debemos evitar beber para sedarnos, escapar a otra realidad o matar el tedio. Y que podemos beber en ocasiones de manera consciente, sin culpa, utilizando una cierta cualidad del alcohol, que nos hace estar en el presente, que llama nuestra atención a la sensación inmediata que se produce en el cuerpo y en la mente. Observar este efecto y estar atento a las sensaciones es una manera de beber conscientemente y atender al "espíritu" que se mueve en nosotros; paradójicamente, el alcohol puede aterrizarnos -esto es lo que hace en término alquímicos, fija el espíritu volátil. Por supuesto, si nos distraemos, este espíritu, este genio en la botella, rápidamente puede convertirse en demonio.

 

El alcohol como veneno o medicina

La naturaleza del hombre es buscar comodidad y entretenerse a sí mismo con todo tipo de placeres sensuales. Desea un hogar seguro, un matrimonio feliz, amigos estimulantes, comida deliciosa, ropa fina y buen vino. Pero la moralidad generalmente enseña que esta forma de indulgencia no es buena; debemos concebirnos a nosotros mismos de una forma más amplia. Debemos pensar en nuestros hermanos y hermanas que carecen de estas cosas; en vez de caer en la autoindulgencia, debemos ser generosos y compartir lo que tenemos con ellos. El pensamiento moralista tiende a ver al alcohol como perteneciente a la categoría de excesiva autoindulgencia; incluso puede que vea al alcohol como una actividad burguesa. Por otra parte, aquellos que gustan de beber obtienen una sensación de bienestar del alcohol que les permite ser más amables y abrirse con sus amigos y colegas. Sin embargo, incluso estos, generalmente albergan algún tipo de culpa por beber; temen que pueden estar abusando de sus cuerpos y se sienten deficientes en amor propio.

Hay un tipo de bebedor que trabaja duro en el día, haciendo pesadas labores o algún tipo de oficio físico. Este bebedor gusta de llegar a casa y tomar un trago después del trabajo o alzar una copa o dos en una animada congregación en un bar. Luego hay algunos bebedores más gentiles -como ejecutivos y hombres de negocios- que habitualmente crean una atmósfera de convivencia y jovialidad en sus relaciones abriendo botellas. Estos últimos tienden más a tener un sentido oculto de culpa que sus hermanos proletarios que celebran el fin de la jornada. De cualquier manera, invitar a alguien a beber parece tener más vida que invitar a alguien a tomar un té. Otras personas beben para matar el aburrimiento, misma razón por la cual algunos fuman. Un ama de casa que ha terminado de barrer o de lavar, a veces puede tomar una gotas mientras que contempla la decoración u observa las últimas revistas de moda. Cuando el bebé llora o suena el timbre, tal vez tome un shot antes de enfrentar la situación. El trabajador de oficina aburrido tal vez mantenga una ánfora en su escritorio para poder tomar un trago entre las visitas de su jefe o de su secretaria. Tal vez busque alivio del tedio con una visita a un bar a la hora de la comida. Las personas que toman en serio al alcohol se relacionan con él como un refugio del ajetreo existencial; pero también temen que se pueden convertir en alcohólicos. En estas situaciones psicológicas hay un amor y odio en el estilo de beber, el cual se mezcla con una sensación de adentrarse en lo desconocido. En algunos casos este viaje a lo desconocido podría haber producido antes una claridad, la cual, en la presente situación, sólo puede enfrentarse a través de la bebida. De otra manera, esa claridad se vuelve demasiado dolorosa. Uno de los problemas que enfrentan los bebedores convencidos es ser acosados por la visión moralista del alcohol, la cual presenta la cuestión artificial de si uno debería beber o no. En el trance de esta cuestión, uno busca reforzamiento entre los amigos. Algunos pueden unirse a beber libremente. Otros tendrán definitivamente reservas sobre cuándo y cómo beber. El verdadero bebedor siente que esas personas son amateurs, ya que nunca se han relacionado de todo corazón con el alcohol. Comúnmente sus reservas son sólo convenciones sociales: de la misma manera que el lugar para estacionar el coche es el estacionamiento, así también uno sabe cuál es el punto adecuado después del cual uno ya no debería beber. Está bien beber mucho en fiestas o cenas testimoniales siempre y cuando uno beba con la propia esposa o esposo y se vaya a casa en taxi.

En realidad, parece que hay algo equivocado en este acercamiento al alcohol basado solamente en la moralidad y en la conducta social. Los escrúpulos implicados tienen que ver sólo con los efectos externos que tiene beber. El verdadero efecto del alcohol no es considerado, sólo su impacto en el formato social. Por otro lado, un bebedor  siente que hay algo valioso en beber, más allá del placer que obtiene por hacerlo. Existe una calidez y una apertura que parecen provenir de relajar el autocontrol y la autoconciencia. También existe una cierta confianza de poder comunicar adecuadamente las percepciones, lo cual cancela la sensación común de ser inadecuados. Los científicos notan que pueden solucionar sus problemas; los filósofos tienen nuevas introspecciones; y los artistas descubren percepciones claras. El bebedor siente más claridad porque siente con mayor realidad lo que es; por lo tanto, sus fantasías y elucubraciones pueden hacerse a un lado. Parece que el alcohol es un veneno débil, que puede transmutarse en una medicina. Una antigua fábula persa habla de cómo el pavo real se alimenta del veneno, lo cual nutre su sistema y hace que brille su plumaje. La palabra whiskey viene del gaélico uisgebeatha, lo cual significa "agua de la vida". Los daneses tienen su aquavit. La papa rusa produce vodka, "pequeña agua". Estos nombres tradicionales sugieren que el alcohol puede usarse sin daño y que quizás tiene propiedades medicinales. De cualquier manera, el poder del alcohol ha afectado las estructuras sociales y psicológicas en gran parte del mundo a lo largo de la historia. En el misticismo de la India, tanto hindú como budista, el alcohol es llamado amrita, la poción inmortal. Birwapa, un siddha indio, logró la iluminación cuando tomó siete galones de licor una tarde. El Sr. Gurdjief, un maestro espiritual que enseñó en Europa, habló de las virtudes del "beber conscientemente" e insistió en que sus alumnos practicaran el beber conscientemente entre ellos. 

Beber conscientemente es una demostración real y obvia del poder de la mente sobre la materia. Nos permite relacionarnos con las varias etapas de la intoxicación: experimentamos nuestras expectativas, una delicia casi maléfica cuando los efectos empiezan a sentirse, y la ruptura final de la frivolidad en la que las fronteras habituales se empiezan a disolver. Sin embargo, el alcohol puede fácilmente pasar de una medicina a un tónico mortal. La sensación de jovialidad y expansiva cordialidad puede seducirnos y hacernos perder nuestra atención. Afortunadamente, existe una cierta depresión que viene con beber alcohol. Existe una fuerte tendencia a aferrarse a la cordialidad e ignorar la depresión; este es el instinto mecánico. Y es un gran error. Si tomamos alcohol simplemente como una sustancia que nos alegrará o nos hará aflojar como un sedante, se convierte en algo extremadamente peligroso. Esto ocurre con el alcohol y con cualquier otra cosa en la vida con la que nos relacionamos sólo parcialmente [debemos enfrentar, siempre, también la sombra de las cosas]. Existe una enorme diferencia entre el alcohol y otras sustancias embriagantes. En contraste con el alcohol, sustancias como el LSD, la marihuana y el opio, no traen consigo una depresión simultánea. Si esta depresión ocurre, es sólo de naturaleza conceptual. Pero con el alcohol, siempre hay síntomas físicos, ya sea cambio de peso, pérdida de apetito, una sensación creciente de pesadez (que incluye las resacas), etc. Siempre se mantiene la sensación de que uno sigue teniendo un cuerpo. Psicológicamente, la intoxicación del alcohol es un proceso de ir hacia abajo, a diferencia de subir hacia el espacio, como ocurre con otras sustancias. Ya sea que el alcohol se vuelva veneno o medicina, esto depende del nivel de atención que uno tiene cuando bebe. Beber conscientemente, permaneciendo atento al propio estado mental, transmuta los efectos del alcohol. Aquí el estado de atención involucra un incremento de la vigilancia del propio sistema como un inteligente mecanismo de defensa. El alcohol se vuelve destructivo cuando uno se entrega a la jovialidad -bajar la guardia hace que los venenos entren en el cuerpo.

El alcohol puede ser un buen campo de prueba. Trae a la superficie el estilo latente de las neurosis del bebedor, el estilo que habitualmente oculta. Si sus neurosis son fuertes y ocultas habitualmente en la profundidad, luego suele olvidar lo que pasó cuando estaba borracho o se avergüenza demasiado como para recordarlo. La creatividad del alcohol inicia cuando hay una sensación de bailar con su efecto -cuando uno toma los efectos con sentido del humor. Para el bebedor consciente o el yogui, la virtud del alcohol está en que lo lleva a la realidad ordinaria, así que uno no se disuelve en un estado meditativo de no-dualidad. En este sentido el alcohol actúa como un elixir de la larga vida [puesto que el yogui necesita algo que lo haga adherirse al cuerpo]. Aquellos que están demasiado involucrados con la sensación de que el mundo es un espejismo o una ilusión, deben ser sacados de su meditación a un estado de no meditación para relacionarse con las personas. En este estado, las apariencias, los sonidos, los olores del mundo se vuelven de sobremanera conmovedores y humorísticos. Cuando el yogui bebe, es su forma de aceptar el mundo dualista de la experiencia ordinaria. El mundo requiere de su atención -de su relacionarse con- y de su compasión. Se alegra y divierte por tener esta invitación para comunicarse. Para el yogui, el alcohol es combustible para relacionarse con sus estudiantes y con el mundo en general, de la misma manera que la gasolina permite que un automóvil se relacione con el camino. Pero, naturalmente, el bebedor ordinario que trata de emular este estilo trascendental de beber convertirá el alcohol en veneno. En las enseñanzas hinayana del budismo, se registra que el Buda reconvino a un monje por meramente saborear una hoja de pasto remojada en alcohol. Hay que entender que el Buda con esto no estaba condenando los efectos del alcohol, sino condenando la atracción hacia él, involucrarse con él como una tentación. El concepto del alcohol como una tentación diabólica es muy cuestionable. Cuestionar esta concepción conlleva una incertidumbre sobre si el alcohol está ligado al mal o al bien. Esta incertidumbre puede crear en el bebedor una sensación de inteligencia y carencia de medio. Lo lleva a relacionarse con el momento presente tal como es. Voluntad e inteligencia sin miedo ante lo inmediato y frente a lo desconocido son la energía básica de la transmutación que es descrita en la tradición tántrica budista. En el Guhyasamaja Tantra, el Buda dice: "Aquello que intoxica a la mente dualista es, de hecho, la pócima natural de la inmortalidad". En el tantra budista, el alcohol se utiliza para catalizar la energía fundamental de la intoxicación; esto es, la energía que transmuta la dualidad del mundo de las apariencias en advaya -"no-dos". Así, la forma, el olor, el sonido pueden ser percibidos literalmente como son, dentro del reino de mahasukha, la gran dicha. El Chakrasamvara Tantra dice: "Sólo con dolor y sin placer, uno no puede liberarse. El placer existe dentro del cáliz del loto. Esto el yogui debe nutrir". Esto coloca gran énfasis en el placer. Pero la comprensión del placer viene de relacionarse abiertamente con el dolor.   

El alcohol trae consigo una euforia que parece ir más allá de las limitaciones; al mismo tiempo trae también la depresión de saber que uno sigue en el cuerpo y que las propias neurosis siguen pesando. Los bebedores conscientes pueden tener un vislumbre de ambas polaridades. En el misticismo tántrico, el estado de intoxicación es llamado el estado de no-dualidad. Esto no debe entenderse como una seducción que nos cautiva -y, sin embargo, un vislumbre del orgasmo cósmico de mahasukha es posible para el bebedor consciente. Si uno se abre lo suficiente como para eliminar la mezquindad del apego a la propia liberación aceptando la noción de libertad [es decir, que uno ya es libre tal como es], en lugar de dudar de ella, uno logra los medios hábiles y la sabiduría. Esto es considerado el más alto intoxicante. 

 

Twitter del traductor: @alepholo

Recordemos siempre la muerte, el misterio y el asombro; ese es el supremo bien

La gnosis abraza el peligro de la transformación mientras que el estado inferior le rehuye.

David Chaim Smith, Kabbalistic Mirror of Genesis

Let all compounds be dissolved.

Francis Bacon

 

Tanto Platón como Aristóteles escribieron que la filosofía nace de la capacidad de asombro (thaumazein) del ser humano. Esta capacidad de asombro, para estar entonada con la vida filosófica debe renovarse constantemente, debe ser capaz de indagar el misterio y ser sensible al cambio. Para el ser humano es confrontar la muerte, lo que más íntimamente lo acerca al misterio y a la transformación. Por ello Platón escribió en El Fedón que lo que define a los filósofos es que  "se ejercitan para morir"; la filosofía es fundamentalmente un entrenamiento para la muerte. Sócrates, el filósofo que prefirió morir a traicionar la virtud de su conciencia, dice allí: "¿No sería absurdo que un hombre que ha pasado toda la vida alistándose para vivir en un estado tan cercano a la muerte, se viera perturbado cuando la muerte llega a él?".

La filosofía occidental nos dice que la muerte es lo que hace al filósofo, tanto en el sentido de que al morir, en la visión platónica, el filósofo, habiendo cultivado la virtud y el discernimiento, debe ser capaz de separar lo puro de lo impuro y emprender el vuelo del alma, como también en el sentido de que es pensar en la mortalidad lo que genera una conciencia filosófica, una forma de vivir que se basa en lo esencial, que se dirige a aquello que realmente importa y que permite por lo tanto trascender un estado más bajo e inconsciente de existencia. Vivir con la muerte en la mente es la forma en la que ese asombro (thaumazein) se mantiene vivo; paradójicamente, es mirar hacia el abismo de la muerte lo que mantiene encendida, por así decirlo, la llama de la vida, de una vida con significado, de una vida apasionada. Recordar que vamos a morir, que podemos morir en cualquier momento, que nuestros seres queridos morirán y que todo lo compuesto está por desvanecerse es la mejor motivación que tiene el ser humano. 

En la filosofía budista, el camino de la práctica hacia el despertar comienza fundamentalmente sosteniendo el pensamiento de la muerte, de la impermanencia de todos los seres y todas las cosas compuestas. En algunos casos los monjes no sólo se recuerdan la fragilidad de su existencia, incluso realizan meditaciones sumamente explícitas, contemplando cadáveres o imágenes de cadáveres, o imaginando la putrefacción del cuerpo y los órganos y entrañas en estados de descomposición y demás imágenes viscerales, las cuales buscan ser un llamado impostergable a la práctica del dharma, esto es, la filosofía, el correcto proceder que conduce a la virtud y al aprovechamiento de lo que se conoce como la "preciosa vida humana". El Buda enseñó que la vida humana es un acontecimiento sumamente raro y prodigioso, cuyo desperdicio no logramos dimensionar. Esta feliz conjunción de causas y condiciones que es la vida humana, dice el Buda en los sutras, es similar al siguiente símil: Imagina que un hombre arroja un madero con un agujero redondo al océano. Imagina también que hubiera una tortuga ciega que saliera a la suprerficie del mar cada 100 años. ¿Cuáles son las probabilidades de que la tortuga introduzca su cabeza por el palo con un agujero en forma de anilla? Algo tan raro es la vida humana que tienes.

La práctica preliminar de diferentes vehículos budistas se conoce como "los cuatro pensamientos que llevan al dharma". Entre ellos se encuentra meditar sobra la preciosa vida humana y sobre la muerte o impermanencia; los otros dos son el karma (o el hecho de que nuestros actos y pensamientos tienen consecuencias) y las imperfecciones del samsara (la existencia cíclica en la cual el sufrimiento es la norma). “Si no piensas en la muerte y en la impermanencia, la conciencia de que no hay tiempo que gastar no surgirá en tu flujo mental, y sucumbirás ante la lasitud y la pereza, sin contemplar el dharma”, dice Padmasambhava, el gran maestro del budismo tibetano. Jamgon Köngtrul, el gran enciclopedista del Tíbet, tiene estos versos sobre la meditación de la muerte:

El universo, este mundo externo,

Será destruido por el fuego y el agua.

Las cuatro estaciones, meros momentos, vienen y van.

Todo es impermanente, sujeto a los cuatro fines.

 

Nunca ha habido una persona que no haya muerto.

La vida y el aliento son como el rayo y el rocío.

Ni siquiera es seguro cual vendrá antes,

mañana o el siguiente mundo.

 

Si sólo pienso en el dharma pero no lo practico,

los demonios de la distracción y la pereza me aplastarán.

Ya que me iré de este mundo desnudo y sin posesiones

debo practicar el supremo dharma sin retraso.

Aunque para los budistas el dharma tiene un sentido muy claro ligado a la práctica de un sistema de conocimiento que lleva a trascender el estado de sufrimiento que caracteriza a este mundo impermanente, conocido como samsara (en otras palabras, se piensa en la muerte para ir más allá de la muerte), esta palabra (dharma) la podemos también entender como el propósito o sentido de nuestra vida, el cual no debemos de nunca perder de vista. El memento mori, el recuerdo de la muerte como posibilidad inminente, es un llamado a ir a la esencia, a no procrastinar y caer en la cómoda lasitud e indiferencia que caracteriza a la vida moderna. Ya sea que pensemos que la vida es la insuperable oportunidad de buscar la liberación o trascendencia o ya sea que pensemos que la vida es única y que no volveremos a estar en este mundo (que nos volveremos nada, polvo, materia inerte), de cualquier manera la muerte nos recuerda que este momento presente es lo único real que tenemos y por ello tiene un valor incuantificable. Pasar la vida buscando solamente entretenernos, distrayéndonos viendo televisión o posteando cosas en redes sociales, o apilando posesiones materiales, es francamente una estupidez -la más crasa ignorancia que traiciona el potencial y la belleza de nuestra humanidad. Lamentablemente, la vida moderna parece sistemáticamente diseñada para que no nos inmutemos demasiado y no pensemos en nuestra muerte y en la urgencia en la que vivimos (el Buda describió este mundo como un incendio, todas las cosas arden y nosotros no nos percatamos y no hacemos nada para escapar este destino). Como dice Sogyal Rinpoche: "La pereza occidental consiste en retacar nuestras vidas de actividad compulsiva para que no haya tiempo de enfrentar lo importante". Lo que predomina son estímulos insignificantes y una especie de urgencia de producir y consumir que nos hace creer que no tenemos tiempo para reflexionar, para contemplar la nada, el vacío, para estar en silencio, para preguntarnos quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos, y todo eso que realmente importa.

Rilke escribió en Las elegías de Duino: "Morir es trabajo duro y está lleno de recogimiento antes de que uno pueda gradualmente sentir un trazo de la eternidad". Si aspiramos a la eternidad, a la belleza que es el reflejo mundano de la eternidad, o por lo menos a una vida con significado, a la intensidad y a la plenitud, a una vida llena de Eros y Tánatos, de sangre y luz, debemos ser capaces de retraernos del automatismo hedonista inane del tren existencial cotidiano y cuestionar seriamente lo que estamos haciendo con nuestro tiempo. Existe un deseo profundamente humano evolutivo de transformarnos hacia un ideal sublime, hacia nuestro más alto potencial, hacia la más lúcida expresión del ser, hacia el máximo bien, y para esto resulta difícil encontrar algo más poderoso que pensar todos los días que la muerte es inminente y con ella se presenta la posibilidad de que todos nuestros deseos más sinceros y sublimes se reduzcan a nada, queden sepultados o al menos se vean seriamente impedidos. Al mismo tiempo, también hay que considerar que la muerte nos ofrece el misterio de la transformación en su más alta posibilidad: el umbral en el cual quizás finalmente sepamos quiénes somos. Pero esa transformación misteriosa no será un salto abrupto, sino la consecuencia y maduración de las transformaciones constantes que hemos vivido. La muerte no es una isla al final, sino que es el proceso continuo de la existencia, realidad cotidiana, de la misma manera que la creación y el nacimiento son presencia perpetua. Así, la muerte se puede entender como "la ultima mutación [en una serie de mutaciones] por medio de la cual se perfecciona lo noble que se extrae del microcosmos”. Est mutatio ultima qua perfictur nobile ilud extractum microcosmi, la bella definición de la muerte de  Sir Thomas Browne. La muerte como posibilidad de perfeccionamiento, de lo más noble que hay en nosotros, pero no sólo en ulterioridad y trascendencia, sino como inmanencia de siembra. El gran poeta santo Kabir dijo mejor lo que he querido decir en este artículo:

Lo que llamas la "salvación" pertenece al tiempo antes de la muerte.

Si no te liberas de tus cadenas mientras estás vivo, 

¿crees que fantasmas lo harán por ti después?

La idea de que el alma se unirá a lo divino

Sólo porque el cuerpo se descompone-

eso es mera fantasía.

Lo que se encuentra ahora se encontrará entonces.

Si no encuentras nada ahora, 

simplemente te despertarás en un apartamento vacío

en la ciudad de la muerte...

 

Twitter del autor: @alepholo