*

X

¿Los hombres griegos eran todos bisexuales? Investigación explica cómo era el sexo en la antigua Grecia

Arte

Por: pijamasurf - 10/04/2017

La relación más celebrada era la de un hombre mayor que seducía a un joven adolescente y se lo llevaba al bosque

La antigua Grecia es en gran medida la madre cultural de Occidente, pero aunque nos hemos alimentado de su filosofía y su amor al arte y a la belleza, su sexualidad nos parece un poco extraña e incluso nos escandaliza en ocasiones, pese a que estamos hablando de conductas sexuales de hace alrededor de 2 mil 500 años, aparentemente entre hombres de la más alta refinación intelectual. En otras palabras, los griegos son una combinación de lo que asociamos con lo más civilizado y a la vez con una veta salvaje, orgiástica, anormal (según nuestra norma arbitraria) y que preferimos ignorar.

Hace un par de años, una investigación para una exhibición en el British Museum exploró el ideal de la belleza y el erotismo en la antigua Grecia. Estudiando esta exhibición, y a partir de su propia investigación, James Robson deriva algunos puntos interesantes sobre cómo era la sexualidad en Grecia.

Algo que parece cierto es que los hombres de la antigua Grecia se sentían atraídos por los dos sexos. Pero no se trataba de relaciones homosexuales de pareja entre personas más o menos iguales como las conocemos actualmente, sino que generalmente eran hombres mayores con hombres adolescentes -siendo el hombre adolescente, el Adonis, el ideal de la belleza.

Los hombres también tenían sexo frecuentemente con prostitutas, las cuales eran fáciles de conseguir en Atenas. Los hombres se casaban después de los 30 y comúnmente dormían en dormitorios separados de sus esposas. En el caso de las relaciones entre el mismo sexo aparecía el cortejo, algo que no era frecuente en los matrimonios, los cuales generalmente eran arreglados por el padre de la novia. Típicamente, en Atenas, una mujer se casaba a los 16 años con un hombre de dos veces su edad. La noche de la boda, sin embargo, sí era una noche importante, llena de motivos eróticos. La mujer se vestía con joyas y era llevada por su esposo a la cámara nupcial -en el arte clásico vemos a Eros volando cerca de ellos.

El ideal de belleza del joven mancebo es representado en el arte, y generalmente se consideraba que su belleza empezaba a perderse cuando le crecía pelo facial y corporal. Igualmente esto podría tener que ver con la representación de estatuas con penes pequeños, que eran considerados más atractivos, al menos dentro de la estética clásica. Un caso famoso es el de Cármides, un joven muchacho altamente popular, el cual, según cuenta Platón en el diálogo del mismo nombre, excita de manera notable a Sócrates.

Los griegos gustaban de banquetes o simposios en los que se reunían sólo hombres a beber vino que era servido por esclavos. Ocasionalmente participaban prostitutas para entretener estas veladas, altamente cargadas sexualmente, en las que fundamentalmente coqueteaban los hombres mayores con los jóvenes.

Evidentemente, no se puede generalizar y decir que todos los hombres griegos eran bisexuales, pero estudiando la literatura y el arte de la antigua Grecia, se puede decir claramente que la bisexualidad era bien vista e incluso inspiraba sentimientos de alto vuelo estético -el amor entre un hombre maduro y un joven mancebo era lo más cercano al romanticismo y a la pasión erótica moderna aunque, claramente, no idéntico. El escenario de estos amores solía ser los bosques alejados de la ciudad, o las periferias. Existían también relaciones entre hombres y mujeres idealizadas y la belleza de las mujeres también era exaltada; para esto basta leer la Ilíada, la historia del rapto de la mujer más bella del mundo, Elena de Troya. Un rasgo notable es que la belleza física era sobre todo apreciada en el cuerpo, en los cuerpos varoniles de los jóvenes, héroes y atletas, más que en los rostros.

El pasado dicta el futuro en el testamento de Orfeo: Reflexión de ‘Twin Peaks’, temporada 3 (David Lynch, 2017). PARTE I

Arte

Por: Psicanzuelo - 10/04/2017

La nueva temporada de ‘Twin Peaks’ es difícil de reseñar; ya que las incoherencias son parte de su lenguaje y los capítulos abren cada vez más preguntas dando pocas respuestas, intentaremos imaginar algunas con lo que queda sobre la mesa

David Lynch no es sólo un ferviente creyente en la meditación trascendental como método de inspiración y de vida, sino que también tiene una fundación muy seria, que se dedica específicamente a eso con diversas aplicaciones a distintos campos. Por lo tanto uno puede tener la conciencia de que su trabajo artístico, además de usar la pintura como punto de partida, porque es de donde proviene él, tiene que ver con una elaboración creativa de la meditación. No sólo en Picos Gemelos/Twin Peaks sino en todos sus trabajos, ha llevado a cabo un análisis de lo que es el sueño americano y de su deterioro. En la serie de los 90 y su precuela fílmica, El fuego camina conmigo/Fire Walk With Me (2010) desarrolla su investigación en forma de thriller de detectives surrealista. Laura Palmer, la adolescente asesinada en un condado X de los Estados Unidos de América, sirve como metáfora de ése sueño americano: ¿quién la asesinó?, ¿con qué razón y motivos?, ¿de que manera? Recordemos que la serie fue cancelada en su momento; era demasiado rara aunque gozaba de fervientes admiradores, por eso fue el motivo de la película que fue un acto de rebeldía total con algunos roles interpretados por cantantes populares como David Bowie y Chris Isaac. Esa película es otro punto de partida y referencia que pesa bastante en esta nueva creación.  

Hay una Wikipedia específica de Twin Peaks, con datos para consulta.

La nueva temporada recientemente estrenada, producida por Showtime (gracias al cielo) y distribuida por Netflix en México, fue escrita nuevamente por la dupla Mark Frost y David Lynch; con 18 episodios, es una telenovela, thriller galáctico multidimensional que promueve la amplitud de criterios de lo que puede constituir una serie de video en demanda en estos nuevos tiempos digitales, ampliando todas las fronteras establecidas conceptualmente. Cada lunes se estrenaba un capítulo nuevo y todos esperábamos el próximo capítulo. La estructura de la serie no se sostiene en descubrir al asesino de Laura Palmer como en las veces anteriores que viajaban entre la realidad de Laura viva, el pueblo donde murió después de su muerte con sus múltiples personajes que podían ser asesinos, y un espacio mental de terciopelo rojo donde los personajes vestidos de forma elegante hablaban al revés (¿acaso será la psique inconsciente que articula al pueblo y al mundo?). La cosa es que años antes el detective que siempre esta a punto de descubrir quién mató a Laura Palmer, el agente Cooper de FBI, se divide en varios doppelgängers que llevan vidas distintas.

Más que nada, la nueva serie es posmodernista y autoral; Lynch desarrolla su mitología construida en toda su obra con obras maestras como lo son Terciopelo azul, Salvaje de corazón o Carretera perdida, por mencionar algunas. Así vemos deambular a varios personajes/actores que se unen en otros y que representan nuevos personajes, constituyen leitmotivs que se van desarrollando de forma musical por todos los capítulos, que curiosamente siempre terminan en un excelso momento musical de concierto, que recuerda un poco una mezcla entre el show de los Muppets y la cabaña del vicio donde Laura Palmer vivía su doble vida, y tocan grupos como los Chromatics, Moby y Nine Inch Nails, entre muchos otros.

En el primer episodio hay un espacio misterioso con un aparato-cámara de vacío que lleva una cámara fotográfica en su interior, iluminada de manera especial por LEDs interpuestos y tiene un encargado; hay una chica que le lleva café a este último; ocurre en la ciudad de Nueva York. Los dos jóvenes rubios son atractivos y algo parecidos, como hermanos, pero inicia un juego de seducción: Adán y Eva en tiempos digitales. 

A estas escenas tensas y misteriosas se contraponen en la edición escenas graciosas con personajes chistosos white trash gringos, sobre todo en el pueblo de Twin Peaks en el estado de Washington, otros personajes más adinerados y uno que otro que reconocemos de antaño, creando la tensión de clases que debajo de todo hace que funcione la serie.

Más tarde vemos a uno de los doppelgängers de Cooper, una especie de mezcla entre Bob de las primeras temporadas y Sailor (Nicolas Cage) de Salvaje de corazón (1990, Lynch) llamado Mr. C, del cual pronto aprenderemos que es cruel y desalmado, muy rudo. A Cooper como Cooper, con su pelo engominado pulcro y de mirada limpia, únicamente lo vemos en un espacio imaginario, de esos que acostumbra este autor simbólico en blanco y negro. Empieza a llamar la atención la actuación de Kyle MacLachlan que destaca en todo este juego de espejos distorsionantes maravillosamente, interpretándose en múltiples pistas de la enorme discoteca. La chica de los cafés vuelve al espacio misterioso para tener sexo con el chico; en medio del intercambio hormonal se despliega un fantasma en la cámara de vacío que termina asesinándolos violentamente, como un salvaje anime fuera de control. Es curioso, pero hay varias escenas que recuerdan mucho el tono del joven Tarantino (pensemos en Tiempos violentos/Pulp Fiction (1994)): al inicio suceden en Dakota, y su puesta en escena recuerda también un poco a los Cohen, una comedia absurda que le da tolerancia al publico para aguantar las secciones más raras de la serie, pero Lynch las carga de mucho más rareza, casi surrealista sin dejar de ser comedia. Por ejemplo, más tarde en la serie, la pareja de asesinos white trash que forman Tim Roth y Jennifer Jason Leigh (secuaces de Mr. C) recuerda en mucho a la misma pareja que formaba Roth con Amanda Plummer (Pumpkin y Honey Bunny), emblemática escena de la cafetería dividida en toda la película, que acuña el termino tarantinesco, siendo aquí una referencia directa. ¿Es esto un robo? Me parece que más bien un cobro; Lynch toma de regreso de directores que le fusilaron muchas ideas, sólo hay que recordar la manera como articula a los mafiosos en Terciopelo azul (1986) comparado a lo que hace años después Tarantino.

Una pareja de policías encuentran un masacrado cuerpo de mujer desnudo en una cama; el encuentro no deja de recordar Siete pecados capitales/Se7ven (Fincher, 1995) en su uso de prostéticos mezclados con flashes fotográficos y obscuridad. Una vez más recordemos la emblemática oreja que encuentra cercenada Kyle MacLachlan en Terciopelo azul, que me parece que tiene que ver con el acercamiento estético que tomó Fincher 10 años después. Pero el tono cómico de la escena no lo suelta con ayuda de uno u otro actor, sus miradas cómplices viviendo las pulsiones más antiguas del hombre. Al sacar el cuerpo de las cobijas vemos que únicamente la cabeza pertenecía a una mujer sin ojo, con un agujero en su lugar; el resto del cuerpo es de un hombre obeso. Parece que la víctima es una bibliotecaria local; estamos en un condado de Dakota del Sur, en el departamento pululan las huellas dactilares de Bill Hastings (Matthew Lillard), quien es encontrado más tarde y capturado por el FBI, muchos capítulos vendrán donde sus comentarios servirán de guía para ir tras esa amenaza irreal que está detrás de los nuevos casos. Hastings le confiesa a su mujer, antes de ser capturado, que soñó el asesinato pero que él no lo cometió.  

El capítulo 2 es básicamente una continuación del primero, donde Cooper en su versión limpia cambia dimensiones para aparecer en la cámara de vacío en Nueva York; también encontramos a Sarah Palmer, madre de Laura, que es una alcohólica de buró que vive entre sombras y botellas de vodka mirando documentales televisivos del reino animal. También aparece la mujer del tronco, que sigue en eterno trance mental visionario aconsejando a todos los oficiales de policía tan característicos del pueblo de Twin Peaks.

En el capítulo 3, Cooper, limpio, con su traje de siempre negro, camisa blanca y corbata negra, es catapultado de la cámara de vacío a unas extrañas tuberías dimensionales, hasta que da con una mujer en una agradable chimenea encendida (ella no tiene ojos, lleva unas cicatrices en su lugar, con las que no puede ver), hasta acabar en los suburbios cambiándose de lugar con otro doppelgänger llamado Dougie Jones, que viste de amarillo como el hombre enigmático de Terciopelo azul y que le gusta el juego (de hecho, tiene una deuda grande, y engaña a su mujer con una prostituta de color). Aparece David Lynch actuando nuevamente; además de que se hace cargo del diseño de sonido de toda la serie, recordemos que su personaje, Gordon Cole, es un oficial del FBI de alto rango como en Fire Walk with Me.

En el episodio 4 Dougie gana en el casino, con ayuda de una visión al cuarto rojo que recuerda a El mago de Oz (Victor Fleming, George Cukor, King Vidor, etc., 1939), sabemos que en la mitología lyncheana El mago de Oz es una referencia constante con varios significados.

Aquí valdría la pena hablar un poco de los espacios metafísicos que unen los espacios físicos a través de las mentes de los personajes y sus acciones; es vital tener esto claro para el nuevo espectador de la serie, porque puede perderse en estos corredores. Hay un cuarto rojo que es al primero que uno puede acceder; por lo general ahí se aparece Laura Palmer, Mike (Al Strobel), quien era compañero asesino de Bob hasta que ve la cara de Dios y se dedica a tratar de detenerlo después de cortar su brazo, y un árbol eléctrico de conocimiento macabro que es pura maldad que proviene del brazo cortado de Mike. Ese cuarto se comunica a un cuarto blanco que es todo pureza y un cuarto negro que es todo maldad; las estancias en esos espacios hacen que uno actúe de una forma u otra. Uno puede acceder a esos mismos espacios físicamente en cuanto los astros lo permitan, combinado con algunas coordenadas geográficas.

Del casino le dan un ride al nuevo Dougie que trae a Cooper dentro después de una explosiva posesión, finalmente, con su esposa Janey y su hijo. Janey es interpretada magistralmente por Naomi Watts, quien lo adora, Dougie ha dejado de ser Dougie y es una espcie de zombi parecido a Chauncey Gardiner, el personaje que interpreta Peter Sellers en la obra maestra Bienvenido Mr. Chance/Being There (Hal Ashby, 1979), o sea, un tipo que hace todo bien aunque sólo va por la vida sin hablar, pareciendo tener una especie de retraso mental, siendo malinterpretado por todo mundo, que llena los espacios que él deja vacíos.

Un comentario social de que finalmente todo mundo ve lo que quiere ver y entre menos uno quiera figurar más encuentra su lugar y es amado con más intensidad por su entorno, un precepto búdico que parece provenir del desarrollo espiritual de Lynch en la meditación trascendental. En este caso Janey adora a Cooper, y ello quedará claro más adelante con varias formas en las que lo ayuda; es muy gracioso cómo ni ella se da cuenta de que hay algo que es distinto en él.

Mr. C, el otro doppelgänger de Cooper, es capturado por la policía y en una cárcel es interrogado por Cole y su equipo; de alguna manera, el ser oscuro ha tomado algo de los otros dos personajes, y habla de una rara manera. Se empieza a hablar de la rosa azul, que en el universo de Twin Peaks son los casos de investigación más raros que lo raro. Bobby vuelve a aparecer y es policía en el pueblo de Twin Peaks, y llora con la foto de Laura Palmer en un momento que recuerda mucho a la primera temporada: es una nostalgia eterna la que se siente con los viejos personajes en otros roles, el paso del tiempo.

Michael Cera aparece en un cameo caracterizado como Marlon Brando en sus tiempos de motociclista joven en Salvaje (László Benedek, 1953), un símbolo del sueño americano muerto, y es el comentario que se dará en toda la serie de que el sueño americano se ha perdido en algún punto, que es de lo que se trata Twin Peaks. Al preguntarle Peggy dónde ha estado, Cera, que es ahijado del sheriff, contesta: “Mi sombra ha estado siempre conmigo. A veces delante de mí, a veces atrás. A veces a la izquierda, a veces a la derecha. Excepto en días nublados. O por la noche”. Esto tiene que ver, en gran parte, con los conceptos de meditación trascendental de Lynch.   

Brando, Monroe o Laura Palmer como representación de ese sueño perdido, asesinado, la presencia de la bomba atómica en toda la serie de distintas formas, es un comentario incisivo de que fue ese tiempo de abuso político y militar de EEUU con el mundo lo que mata al sueño americano, pero, ¿por qué?

La técnica de Peter Deming, que es el fotógrafo de la serie y que ha estado involucrado en la obra tardía de Lynch desde Carretera perdida/Lost Highway (1997), da vida a los pasillos de luz entre tinieblas que hacen posibles los mundos del autor. Es impactante la manera de dominio del maestro David Lynch del recurso estético cinematográfico, los cambios de tono, la pulcritud de los diálogos importantes, el ritmo, la composición, etc. Pero la mancuerna con Deming lleva todo un paso más allá, sombras y luz se tocan por instantes y son líneas de partida para el drama en cada episodio. El mundo mental que va articulando el mundo material se representa en curiosos mundos digitales que Lynch y Deming pueden controlar dando la vuelta al nuevo mundo de héroes de cómics en la pantalla grande, el último comentario social sobre el formato blockbuster de nuestra era.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo