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Estos son los beneficios de tomar siestas (y la forma apropiada de hacerlo)

Salud

Por: pijamasurf - 03/17/2018

Las siestas poseen una serie de beneficios biopsicosociales que nos obligan a preguntarnos cómo es que el estilo de vida en la actualidad nos impide tomar más siestas regulares

Es una tarde cálida de primavera, después de una comida plena y deliciosa; es una tarde cálida de primavera, de aquellas que ganan los deseos de ser seducido por el “mal del puerco” o esa indigestión paliada por el recuerdo del placer; es una tarde cálida de primavera en que la mente sólo se imagina estar en un sofá, cómodo, cerrando los ojos para tomar una siesta; es una tarde cálida de primavera, en la que uno se pregunta “¿Y qué tan malo puede ser echarse una siestecita?”.

Los niveles de melatonina y serotonina van regulándose a lo largo del día: empiezan reflejando una ráfaga de energía durante las primeras horas de la mañana y se van desgastando hasta extinguirse en las primeras horas de la tarde –cuando se necesita algún alimento para estimularnos de nuevo–. Las siestas son ideales para reequilibrar los niveles de estos neurotransmisores que se encargan de regular tanto la calidad como la cantidad del sueño, permitiendo recuperar las horas de sueño faltantes y descansar ante un cansancio o una morriña abrumadora.

De hecho, las siestas poseen una serie de beneficios biopsicosociales que nos obligan a preguntarnos cómo es que el estilo de vida en la actualidad nos impide tomar más siestas regulares. De entrada, las siestas ayudan a reducir la somnolencia y aumentan el sentido de alerta, ya que mejoran el funcionamiento cognitivo, la reacción ante los estímulos, la memoria a corto plazo y el estado de ánimo. Incluso se cree que las siestas ayudan al desarrollo de las habilidades motrices –los movimientos físicos– pues estimulan a la región del cerebro encargada de generar conexiones neuronales a la hora de aprender nuevos patrones de movimiento. Y a diferencia del café, las siestas no producen efectos secundarios como el mal humor, ni pequeños períodos de ansiedad, ni dependencia.

Sin embargo, es importante contemplar los factores que influyen en los beneficios de las siestas, tales como el tiempo y el momento del día en que se realizan, el proceso digestivo e inclusive la cantidad de alcohol ingerido. De acuerdo con los expertos, la cantidad de tiempo ideal para hacer una siesta depende del tiempo disponible para hacerlo, de los planes que se tengan en la noche y cómo se desea que funcione la siesta. Es decir, si se toma una siesta de más de 1 hora durante la tarde, uno se sentirá más despierto y atento el resto de la tarde y noche –tanto, que podría costar trabajo dormir–. Pero si se desea tan sólo sentirse más fresco y alerta sin los efectos contraproducentes en la noche, lo ideal es tomar siestas breves de entre 10 y 15 minutos  para mejorar la atención, el desempeño cognitivo y el estado de ánimo.

Si bien, como explican algunos expertos en el sueño, se trata de una mejoría momentánea –de algunas horas–, la clave de las siestas es la regulación neurotransmisora en el cerebro, pues gracias a este balance se puede gozar de los beneficios del buen sueño: establecimiento de procesos cognitivos –nociones o recuerdos que apenas se han aprendido–, rejuvenecimiento de células tanto de la piel como del cerebro y óptimo funcionamiento del metabolismo, entre otros beneficios.

Según la Clínica Mayo, existen algunos consejos útiles para poder dormir mejor:

– Presta atención a lo que comes y bebes. Hacer una siesta o incluso dormir mientras se está haciendo la digestión y se tiene hambre, suele impactar negativamente la calidad del sueño. Entre los alimentos menos recomendados para consumir antes de dormir están la cafeína, el alcohol y la nicotina.

– Intenta crear un ambiente pacífico para el descanso. No hay peor momento que despertar después de un sueño poco reparador, por lo que crear un espacio ideal para promover el buen descanso es importante. Esto significa un lugar silencioso, oscuro y refrescante; al menos unos 15 minutos sin haber visto la pantalla de algún gadget electrónico; y realizar técnicas de relajación o actividades tranquilas que promuevan el sueño.

– Hacer ejercicio. La actividad física facilita el sueño, al canalizar toda la energía extra del cuerpo. De hecho, el momento ideal para realizar actividad física es la noche –pues, así, uno se va a dormir recién duchado y lo suficientemente cansado como para facilitar el sueño–.

– Regular la angustia y las preocupaciones. Dado que estos sentimientos y pensamientos suelen ahuyentar el buen sueño, regularlos mediante actividades como la meditación, la actividad física y la terapia psicológica, entre otros, puede facilitar el buen dormir.

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Hay quienes comparan la ansiedad con una epidemia y consideran que existen ciertas conductas que facilitan su propagación; por ejemplo, el consumo casi exacerbado de las redes sociales se ha relacionado fuertemente con síntomas de depresión y ansiedad. El doctor Robin Kowalski, profesor en psicología de la Universidad de Clemson, opina que las quejas excesivas programan al cerebro a volverse deprimido y ansioso. En otras palabras, el pesimismo eterno, aquel monstruo mental que nunca está conforme con nada y encuentra siempre razones para dejarse arrastrar por el lado negativo, posee el poder de ocasionar períodos de depresión y ansiedad.

Para Kowalski, no se trata de eliminar los pensamientos negativos o quejas acerca de las diferentes circunstancias de alrededor sino de reducir la incidencia y equilibrarlos con medidas adecuadas, soluciones y toques de esperanza. Dado que los picos de negatividad son normales y promueven un reinicio en nuestros sistemas tanto nervioso como psíquico, significa que son aspectos fundamentalmente positivos en nuestro día a día; sin embargo, su exceso puede resultar en síntomas de depresión, ansiedad u otros trastornos emocionales.

Según diversas investigaciones basadas en el principio de Donald Hebb –“las neuronas que nacen juntas, permanecen juntas”– los grupos de neuronas conectados en nuestro cerebro son el resultado de nuestras experiencias particulares de la vida. De modo que con “cualquier cosa que pensemos o sintamos o nos provoque sensaciones, miles de neuronas son disparadas y forman una red neuronal interna. El cerebro aprende a disparar las mismas neuronas con un pensamiento repetitivo”. En otras palabras, nos convertimos en aquello que pensamos y decimos; y si enfocamos nuestras creencias en la crítica, la preocupación y victimización, la neuroquímica del cerebro se regulará en función de dichos pensamientos influyendo directamente en nuestro estado de ánimo.

De acuerdo con Kowalski, existen cuatro actividades que ayudarán a mantener bajo el pesimismo:

– Mostrarse agradecido por los detalles.

– Estar consciente de uno mismo: de las sensaciones físicas, emociones, sentimientos y necesidades.

– Iniciar un nuevo patrón en donde uno se entrene a ver lo negativo y desarrollar soluciones para cambiar nuestra reacción ante la circunstancia que nos incomoda. Dado que nunca podremos obligar a los otros a cambiar, siempre podemos alternar nuestras reacciones y modos de enfrentar eventos que nos hacen sentir mal.

– Practicar el esfuerzo, recordándonos que la productividad forma parte de la naturaleza humana y, por lo tanto, de uno mismo. Es decir, continuar dando el mejor esfuerzo para cada una de las áreas de nuestra vida, buscando y llevando a cabo las soluciones pertinentes.

La principal idea, para Kowalski, es cambiar nuestros patrones de pensamiento de unos negativos a unos positivos para reducir la incidencia de cualquier trastorno del estado de ánimo; y para hacerlo es necesario un entrenamiento cognitivo, el cual permitirá incluso sanar viejas heridas que continúan afectando negativamente el autoconcepto.